Idoia Montón

Cartel de la exposición

Con el propósito de dotar de mayor dinamismo y ofrecer nuevos alicientes al visitante que ya conoce el contenido de las salas que acogen de forma permanente la colección, nos ha parecido oportuno invitar durante la temporada estival a un artista, no necesariamente incluido en la misma ni con obras pertenecientes a dicha década, para que presente una muestra de sus trabajos. De este modo, Idoia Montón (San Sebastián, 1969) es la pintora elegida para compartir con la colección una parte del espacio expositivo en los meses de verano de 2015.


Formada en la Universidad del País Vasco y en los talleres de Arteleku, hizo su aparición pública en exposiciones individuales y colectivas celebradas en Euskadi a partir de 1988, debutando en Madrid en 1991, en la galería Juana de Aizpuru. Su producción se ha caracterizado por su versatilidad y por transitar por territorios varios en lo concerniente a géneros, lenguajes y técnicas. No ha querido trazar una línea recta para ir de un lugar a otro, sino andar por senderos discontinuos que se ramificaran en otras tantas variantes, de manera que rara vez volvieran a repetirse trayectos rutinarios. A pesar de esa condición aparentemente nómada, su adscripción al realismo ha sido permanente tras una creciente atención a los medios pictóricos, a los espacios naturales y al análisis de algunos ejemplos clásicos. Todo ello la llevó a abandonar las fuentes literarias de los orígenes, expresadas a modo de fábulas, parábolas y metáforas, para dar respuesta a la necesidad de que el flujo de su vida personal y de su pintura se interrelacionaran más estrechamente, de que el desencadenante principal para un arte vivo partiera del latido de sus propias vivencias cotidianas. Así, desde 1994 su pintura se inscribe dentro de un realismo formal desmantelado de convencionalismos a través de la veracidad que surge de una observación directa y sin prejuicios de los episodios vitales que la impulsan a su representación, siempre en búsqueda de autoformación y conocimiento. De ahí que se aplique concienzudamente en cuidar los aspectos estructurales y técnicos del cuadro para que su fuerza resida en la pintura misma, en la calidad e intensidad del proceso creativo, porque son ellas las que van haciendo visibles las imágenes en lenguaje pictórico.

Para su exposición en Cretas ha seleccionado un conjunto de piezas pertenecientes a dos de sus temáticas recurrentes en el período que oscila entre 1994 y 2008: los interiores y los panoramas urbanos. Ambas series aspiran a ser obras-espejo en las que confluya el encuentro de la autora y el espectador, en una atmósfera que resulte familiar a las dos partes. Los interiores y bodegones de taller suponen una suerte de ejercicios introspectivos que manifiestan la contaminación sentimental y afectiva derivada de la relación cotidiana con los espacios y los objetos que los habitan. Mesas, caballetes, libros, pinceles, cajas, botes, además de autorretratos, nos hablan de su entorno doméstico, de su propia biografía. Su mirada al exterior, en contraposición a los anteriores, suele ser nocturna o velada, posiblemente porque prefiere trabajar estas panorámicas de noche o al atardecer. Pero también debido al hecho de que, al aparecer iluminados, los escenarios se impregnan de un componente en cierto modo simbólico. Otras veces consigue este efecto a través del cristal de ventanas y espejos, que reflejan la imagen de personajes cercanos o de si misma. Son sus obras más evocadoras, con atisbos de melancolía.

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